“El liderazgo se sostiene en una ecuación básica: admiración y protección. Un liderazgo sólido genera admiración, y esa admiración produce protección por parte del entorno. Al romperse esa ecuación, el poder se debilita. La pérdida de protección expone la fragilidad de la admiración y deja al descubierto que, en algunos casos, nunca fue tan profunda como se creía.
En ese escenario, los alineamientos cambian. Algunos actores advierten el desplazamiento del centro de poder y se reubican con rapidez. Saber leer el nuevo liderazgo, alinearse a tiempo y hacerlo con humildad expresa inteligencia política y templanza.
También queda expuesto el límite de ciertos perfiles. La gestión sin carisma ni visión estratégica no alcanza para liderazgos mayores. La ideología débil, el carisma limitado y una gestión apenas correcta terminan erosionando el peso político. El liderazgo no se hereda ni se supone: se construye, se sostiene y, llegado el caso, también requiere saber correrse.”
