La Culpa Sana Ordena, la Culpa Enferma Paraliza
La culpa sana aparece si causás un daño real y objetivo a otro. Surge por una falla empática o por haber violado una norma moral: lastimar, robar, humillar, abusar. Ahí la culpa es una señal clara de conciencia y responsabilidad. Te muestra que hiciste algo mal y te empuja a reparar, pedir perdón, corregir. Sentir esa culpa es sano porque te ordena moralmente y te vuelve más humano. No paraliza: orienta la acción y el cuidado del vínculo.
La culpa enferma nace de la impotencia y del miedo. Como te cuesta tolerar sentirte impotente, transformás esa emoción en culpa, porque es más aceptable sentir culpa que asumir límites. Así creés que sos bueno por sentirla, aunque en el fondo no haya daño real causado. Esta culpa genera angustia y confusión. El problema aparece si intentás eliminar toda culpa: ahí se borra la diferencia, se desconsidera al otro y se pierde responsabilidad. No toda culpa hay que sacarla; algunas hay que sentirlas.
Si sentís culpa, ya sos culpable
Si sentís culpa, ya te estás declarando culpable, porque vos mismo estás reconociendo que hiciste algo malo, porque sino no la sentirías. El paso siguiente es entender por qué aparece, diferenciar si hay un daño real o si estás tapando impotencia, y hacerte cargo de lo que corresponda. Resolver no es sacarte la culpa rápido, sino transformarla en acción, reparación o aceptación del límite. Ahí la culpa deja de pesarte y empieza a ordenarte.
La culpa Incomoda
«La culpa es una fuente de incomodidad. Señala algo que pide revisión o corrección. Si se la evita, pesa; si se la asume, ordena la acción.»
