Si el líder no tiene la capacidad de hablar abiertamente, con claridad y determinación, apropiándose de la lógica y de los criterios de su liderazgo, tiende a comunicarse con cada miembro del equipo por separado para evitar los conflictos que podrían aparecer al hacerlo frente a todos. Lo hace porque teme ser descalificado, tratado como un par —donde su autoridad queda diluida— o enfrentarse a quejas que generen un clima general de insatisfacción que intenta eludir.
Sin embargo, este cierre en conversaciones individuales suele agravar la situación. Cada persona, al no saber qué se habla con los demás, percibe al líder como arbitrario. Por eso, la comunicación abierta no puede evitarse: debe desarrollarse si no está presente, porque esquivarla profundiza la crisis de liderazgo.
En la comunicación abierta frente al grupo, el líder necesita asumirse como conductor, coordinador y moderador, habilitando la expresión de todos y haciendo que se sientan considerados, más allá de si sus pedidos o planteos impactarán o no en la realidad. Los colaboradores no necesitan un líder que obedezca, sino uno que escuche. Luego, el líder tomará las decisiones que correspondan. Su verdadero poder está en la capacidad de escuchar a todos al mismo tiempo.
