Cada nivel requiere una energía distinta. Lo operativo responde a lo urgente, a lo que debe resolverse de inmediato y demanda tensión y foco. Lo táctico se vincula con cómo se encaran situaciones concretas, exige análisis, pragmatismo y criterio para decidir bien. Lo estratégico, en cambio, mira el largo plazo: el rumbo, las alternativas, la posición que se construye y el horizonte hacia el que se avanza. Ese nivel necesita calma, coherencia y conciencia. Cada plano tiene su propio estrés: cuanto más operativo, mayor tensión; cuanto más estratégico, mayor relajación. Lo estratégico no se ejecuta como una tarea puntual, se piensa, se visualiza y se define. Se camina hacia ello porque está claro, no porque se lo dramatice. El desequilibrio aparece al olvidar alguno de los niveles. Vivir solo en la táctica o refugiarse en causas externas no reemplaza la responsabilidad estratégica. Definir el propio rumbo es una tarea indelegable.
